Detenido por la policía
02/03
Mis padres eran cristianos. Desde mi infancia me enseñaron a seguir a Jesús, leíamos la Biblia en familia, solía ir con ellos a las reuniones cristianas. Allí tuve buenos contactos con otros jóvenes creyentes. Muy pronto me di cuenta de que era un pecador y que necesitaba a Jesucristo como mi salvador. Confesé mis pecados a Dios y creí que Cristo había muerto por mi. Pero con el paso del tiempo, mi vida se volvió superficial. Disfrutaba de la vida sin pensar en mi salvador. Un día uno de mis amigos me pidió que lo acompañara al banco. Lo esperé fuera del banco, y después de un largo rato finalmente salió. Me acerqué a el y en seguida la policía nos detuvo, obviamente mi amigo tenía problemas con la ley. Llevado a la comisaría protesté: No soy cómplice. Pero me llevaron a una celda donde pasé la noche. Sin embargo yo no había hecho nada malo. Esa noche marcó un punto decisivo en mi vida ¡qué contraste con mi juventud, cuando mi salvador también era mi pastor! Me di cuenta de que yo era una oveja extraviada, pero él seguía siendo el mismo. Yo no vivía realmente en pecado, pero seguía a Jesús de lejos sin estar verdaderamente comprometido. A partir de ese momento comprendí mi vulnerabilidad y la necesidad permanente de confiarle mi vida, mis planes y mis relaciones. “Desde el cabo de la tierra clamaré a ti, cuando mi corazón desmayare. Llévame a la roca que es mas alta que yo, porque tu has sido mi refugio…Estaré bajo la cubierta de tus alas” (Salmo 61:2-4)
