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De ladrón a mano derecha del apóstol. Onésimo

28/12


Esta historia sucedió alrededor del año 60 d.C. imagina por un momento la desesperación de este hombre llamado Onésimo, el cual era siervo en Colosas pero había tomado algo que no era suyo. Huyó a la única ciudad donde podría desaparecer entre la multitud: Roma. El plan de Onésimo era simple: perderse en el anonimato de la capital del Imperio. Pero, entre los millones de habitantes de Roma, Onésimo se topa casualmente con un prisionero bajo arresto domiciliario: El apóstol Pablo. Lo que parecía una fuga exitosa en realidad se transformó en una cita divina. La Biblia nos cuenta en la carta a Filemón que este hombre, cuyo nombre irónicamente significa “útil” se había vuelto “inútil” para su amo debido a su rebelión. Pero tras conocer el evangelio con Pablo, su identidad fue transformada. Pablo hace algo impensable para la ley romana: no lo entrega a las autoridades para castigo, sino que lo envía de vuelta a su amo Filemón, con una carta. Y en esta carta escribe la frase que resume toda la teología de la Gracia: “Y si en algo te dañó o te debe, ponlo a mi cuenta”. (Filemón 1:18) Si bien esto pertenece a la historia, sin embargo también resulta en un espejo. A veces huimos de nuestros errores pensando que la distancia borrará la culpa. Pero la providencia de Dios a menudo nos intercepta en nuestra huida, no para castigarnos, sino para cambiar nuestra etiqueta de “inútiles” a “hijos”.

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