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Que no se enfríe el amor

02/08


“Y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará. Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo.”(San Mateo 24: 12-14 ) Desde mis primeros pasos en el evangelio lo que me quedó muy en claro es que en el mundo tendríamos aflicciones; que el mundo está bajo influencia del enemigo y que nuestra lucha no es contra sangre y carne, sino contra principados, potestades, gobernadores de las tinieblas de este siglo y contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por todo esto es que la maldad en el mundo no nos sorprende, porque están bajo el poder del enemigo. La maldad que enfría y que termina matando el amor es la que se manifiesta entre los hermanos en la fe. Estamos preparados para recibir la maldad de parte del mundo pero no para recibirla dentro de la familia de Dios. Creemos que los pleitos, las envidias, los celos y otras clases de males ya no operan entre los hijos de Dios, porque hemos sido lavados por la sangre de Jesús; pero en verdad actúan encubiertamente, siguen operando bajo un aparente manto de piedad y ésa es la maldad que se va dispersando y enfriando el amor de muchos. Esto es verdaderamente peligroso. Examinémonos a nosotros mismos, no sea cosa que suceda que la luz que creemos tener sea tan solo tinieblas. Examinemos qué estamos emanando desde nuestro interior y preguntémonos: ¿Somos capaces de sufrir el oprobio? ¿O respondemos con la misma moneda? ¿Somos capaces de sufrir el agravio, de ser defraudados? ¿o agraviamos y defraudamos también?  Si hemos sido comprados a precio de sangre, lavados y purificados. Si ahora somos de verdad, una nueva criatura en Dios, si las cosas viejas pasaron, y todas las cosas son hechas nuevas en Dios. Si entendemos que Dios nos llamó a una nueva vida en Cristo Jesús, entonces atrás quedó nuestra vida pecaminosa, mala y perversa para abrazar ahora nuestra cruz y seguirle. Ya no estamos bajo  el poder del mundo ni de las cosas que están en el mundo. Ya no somos esclavos del diablo ni instrumentos de sus manos para dividir y destruir. Somos instrumentos de Dios para gloria suya, somos instrumentos de amor para amar, instrumentos de paz para unir. No seamos vencidos de lo malo, sino venzamos con bien el mal.  Recordemos que la palabra de Dios nos advierte que el que persevere hasta el fin será salvo. 

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