No reniegues de tu destino
27/07
“Mas yo soy el Señor tu Dios desde la tierra de Egipto; no conocerás, pues, otro dios fuera de mí, ni otro salvador sino a mí. Yo te conocí en el desierto, en tierra seca. En sus pastos se saciaron, y repletos, se ensoberbeció su corazón; por esta causa se olvidaron de mí.” Oseas 13:4-6
Fue en el desierto, camino a la tierra prometida, que todo el pueblo de Dios gustó y vió las maravillas del Señor hecha por mano de su siervo Moisés: el mar que se abrió en dos para que pasasen en seco, la nube de día que los cubría del sol abrazador, la llama de fuego por las noches, que les calentaba. En los 40 años que tardaron ni sus ropas ni sus calzados se envejecieron. Les hizo llover codornices y maná del cielo y aún así se ensoberbecieron en su corazón y construyeron ídolos a quienes adoraron. Sólo dos de aquella generación entraron a la tierra prometida. También fue en el desierto que Juan el bautista se preparó para ser aquel que allanaría el camino al Mesías. Solo langostas y miel eran su alimento y una túnica de piel de camello cubría su cuerpo. Es éste de quien Jesús habló diciendo: de los nacidos de mujeres no hay mayor profeta que Juan el Bautista. También fue en el desierto donde Jesús fue llevado por el Espíritu para ser preparado para cumplir con su ministerio y fue tentado por satanás 40 días con sus 40 noches. La iglesia que no ha pasado por el desierto de seguro no gustó de las mieles de Dios, de sus amores. No ha conocido ni ha visto a Dios. En el libro de Cantares hallamos lo que sería una metáfora de lo que Dios viene a buscar, de la Gloria de Dios en todo su esplendor. Dios viene a buscar una iglesia pura, blanca, resplandeciente, una que fue lavada y purificada a través del fuego de la prueba y ha sido hallada digna de recibirle. Dice así en el verso 6 del capítulo 3: “¿Quién es ésta que sube del desierto como columna de humo, sahumada de mirra y de incienso y de todo polvo aromático? Si bien este pasaje describe la llegada del rey Salomón con todo su esplendor, es a la vez una alegoría del encuentro del Cordero con su Iglesia porque mirra es sinónimo de muerte, y el incienso símbolo de sacerdocio. Nadie que primero no haya muerto al yo para que sea Dios en él, es digno de Dios. Y si no mostramos su gloria siendo sal y luz en este mundo, ejerciendo el llamado con que fuimos marcados, tampoco somos dignos ni herederos de su trono.